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Notícias
Haití cercano y distante

Por: Dr. Héctor S. Basile

26 de janeiro de 2010



Haití cercano y distante

 



Por: Manuel Torres Márquez

Puerto Rico

El autor es Catedrático Regional de la UNESCO

en  Problemas de Habitabilidad en Ciudades Hispanoamericanas,

integrante del Comité Ejecutivo de la Sección de Intervención  en

 Desastres de la Asociación Mundial de Psiquiatría y Representante 

de la Red Iberoamericana en Ecobioética  de la UNESCO


Especial para El Nuevo Día

Nada ya te sorprende ni cuando tiemblan los cielos…

 

        El aumento de los desastres naturales y de los conflictos sociales en la escala mundial durante las últimas décadas frente a la reducción de las aportaciones de los países desarrollados para la mitigación y recuperación le imparten carácter de urgencia al uso creativo, diligente y transparente de éstas.  La creación de un Consejo de Seguridad Humana adscrito a las Naciones Unidas, pero con autonomía para no quedar maniatado por la burocracia, la corrupción, los protagonismos y las rencillas entre las naciones donantes, resulta impostergable. El amplio espectro de riesgos a la vida y propiedad de la población planetaria por las catástrofes naturales, los conflictos sociales, las guerras y el terrorismo van cambiando la faz de la tierra generando más inequidad, pobreza y hambruna alimentaria, así como de derechos humanos.  La carencia de mecanismos para auditar y fiscalizar el cumplimiento de los compromisos de asistencia que asumen las naciones convierte en inoperante muchos de los proyectos de reconstrucción que se quedan sin recursos básicos e incluso enfrentan alzas en los costos de ejecución por demoras irrazonables en el desembolso de fondos y en la ayuda técnica. 

 

         La depredación de la naturaleza por el desarrollismo contaminante contribuye al desequilibrio ecológico humano y ambiental provocando, no sólo el incremento del calentamiento global y sus consecuencias, sino también la pérdida de calidad del aire y de las diezmadas reservas de agua potable.  A éstos se suma el efecto de pruebas militares  para medir el potencial destructivo de la última generación de armas biológicas y nucleares.

 

         Entre el compromiso con el bien común y la especulación, la solidaridad auténtica y la compasión momentánea, las agendas y acuerdos de las conferencias de países donantes deben comprometerse prioritariamente con el diseño e implantación de modelos de intervención en  las etapas de mitigación, evaluación y reconstrucción fundamentados en factores humanos  (servicios de salud mental integral) y revitalización socioeconómica desde una visión ecobioética.  La simbiosis entre los derechos humanos y los derechos de la tierra tiene que ser valorada y preservada. 

 

Inmediatamente que tuvimos conocimiento de la magnitud  del terremoto en Haití, los integrantes del Comité Ejecutivo de la Sección de Intervención en Desastres de la Asociación Mundial de Psiquiatría y los representantes de la Red Iberoamericana en Ecobioética de la UNESCO, comenzamos un diálogo de reflexión y propuestas bajo el experto y sensible liderato del Dr. Moty Benyakar.  En mi caso, para responder a las encomiendas asignadas, inicié consultas con líderes de la comunidad haitiana en Puerto Rico.  Sus reacciones complementadas con planteamientos de la diáspora de su país, datos e imágenes en los medios de comunicación, me llevaron a recapitular las angustiosas vivencias de ese pueblo en su devenir histórico.  Del disco duro de mi memoria emergió el documental “God Grew Tired of Us”, que relata las penurias infrahumanas de niños africanos en su tortuoso éxodo para huir de la guerra y la explotación.   El pasado y el presente de Haití han sido repetidamente estremecidos por los terremotos de la pobreza, la inequidad, la violencia, la corrupción local y el intervencionismo extranjero.  Como afirmara  el insigne intelectual dominicano Juan Bosch, cuyo gobierno fuera derrocado con el apoyo militar de los Estados Unidos: “El Caribe es la frontera de los imperios”.

 

Si bien la presencia de la Misión Especial de las Naciones Unidas en Puerto Príncipe ha rendido algunos frutos para proveerle a corto plazo niveles mínimos de estabilidad social, a mediano y largo plazo la realidad en carne viva apunta en otra dirección.  La cadena de crisis de violencia callejera, hambruna, analfabetismo, huracanes y prácticas políticas dictatoriales e inescrupulosas debilitan  aún más la frágil infraestructura económica y social de Haití. Por otro lado, la corrupción local se ceba con un porciento significativo de las ayudas multiplicando la victimización, el aislamiento y la impotencia de los damnificados.  Han sido las intervenciones de cooperación de organismos no gubernamentales y las misiones religiosas de grupos del exterior las que de forma más directa y continua  han acompañado a la sociedad haitiana en su azarosa lucha para sobrevivir.  La suma de condicionantes de sus encrucijadas antes y después del terremoto nos ofrece la oportunidad para desarrollar un laboratorio de aprendizaje de solidaridad humana con la participación de sus habitantes, de su diáspora y de las comunidades internacionales.

 

Contrastan marcadamente los perfiles de la ayuda humanitaria de la sociedad norteamericana y el estilo de la ocupación de Haití por su ejército como si se tratara de un nuevo episodio de intervención militar.  A la histórica frontera de la discordia entre la República Dominicana y Haití  se unen las reminiscencias racistas del régimen trujillista y de las incumbencias del expresidente Joaquín Balaguer.  Éste último, en su libro “La isla alrevés”,  reitera  su postura de supremacía dominicana ante la inferioridad haitiana.  Los haitianos han tenido que enfrentar el trato de refugiados de tercera clase cuando llegan a las costas de los Estados Unidos y al límite fronterizo que comparten con la República Dominicana.  Su país es parte del Caribe cercano y distante de Puerto Rico.  Próximo geográficamente, lejano en la identificación con sus dificultades y sueños.  Nos estamos desbordando en la ayuda a través de organizaciones cívicas, profesionales, religiosas y gubernamentales, a pesar de no contar con  un gobierno con capacidad de coordinación y ejecución. Lamento que nuestra expresión de luto y solidaridad caribeña no incluyera la posposición de las Fiestas de San Sebastián.     Cuba, una vez más comparte, con desprendimiento la olla de su pobreza y su riqueza profesional.  El terremoto puso a Haití en el mapa de nuestras consciencias.  Acompañar y asistir a su pueblo en la inmediatez de su fragilidad y aportar desinteresadamente a depositar en su deficitario banco de la esperanza hoy y en sus futuras andanzas nos da la oportunidad de convertirnos en auténticos hermanos.

Por: Manuel Torres Márquez

Puerto Rico
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